Sergio Labayen

Estos Sanfermines han sido muy extraños. Las sensaciones de estos días recordaban a las de 1997, cuando el Espíritu de Ermua se desató en plena fiesta y decenas de forasteros y policías liberaron su adrenalina persiguiendo abertzales. En esta ocasión, han sido los triunfos de la selección estatal de fútbol los que nos han dejado en el cuerpo colectivo una nueva sensación de violación, de profanación, de provocación. Porque desde los tiempos de franquismo, nunca en Iruñea se habían visto tantas banderas españolas, gracias a la invasión del espacio festivo urdida por el ayuntamiento. Fiestas sí, política no, que decían. La plaza del Castillo convertida en la plaza de Oriente, con decenas de miles de euros gastados para que una hinchada de turistas y algún nativo despistado celebren un akelarre españolista y facha en la capital de Euskal Herria. Porque algunos van a ver fútbol y acaban tragándose toda la mierda tardofranquista que les echan: la España una e indivisible, la rojigualda, el himno y la Casa Real. ¿Por qué nadie anima con la bandera republicana?

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